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Por qué ninguna disciplina por sí sola alcanza para atender a los desafíos más grandes que enfrentamos

No tenemos idea de cómo podemos salvar el mundo.

La temperatura sube, las enfermedades se multiplican y la salud empeora, la pobreza crece, la desigualdad aumenta, la estabilidad política desaparece—y no se nos ocurre qué, desde nuestro diminuto lugar en todo esto, podríamos hacer al respecto.

También se nos hace insoportablemente obvio que todo esto nos supera y no hay esfuerzo individual que pueda hacerle frente. Para eso contamos con estados y representantes que deberían encargarse de coordinar esfuerzos globales para que el mundo pueda tener una chance de no empeorar.

Existen problemas sencillos y problemas difíciles. Pero entre ellos también existen problemas difíciles pero manejables, y otros más bien retorcidos.

Un problema retorcido es aquel que es difícil —sino imposible— de resolver porque nos falta de información, o la que tenemos es contradictoria; por el número de personas y opiniones que involucra; por su enorme costo económico; o bien porque el mismo se interconecta con otros, muchas veces igualmente retorcidos: la pobreza está vinculada a la educación, la alimentación a la pobreza, la economía a la alimentación, y así sucesivamente.

Son precisamente estos problemas los que dejamos en manos de quienes diseñan nuestras políticas públicas, confiando en que podrán lidiar con la pobreza, la sostenibilidad, la igualdad, la salud y el bienestar ciudadano.

Si bien el concepto había sido introducido algunos años antes en discusiones acerca de planificación urbana, fue en 1973 que tomó su forma actual en un artículo de Horst Rittel y Melvin Webber, dos teóricos del diseño urbano que definieron a los “problemas retorcidos” como aquellos desordenados, mal definidos, generalmente más complejos de lo que creemos y frecuentemente abiertos a múltiples interpretaciones según distintos puntos de vista.

Problemas como la pobreza, la obesidad, el abastecimiento de agua, el tráfico de drogas, dónde construir una nueva autopista, cómo asegurarse de que las personas reciban una atención médica adecuada —o cómo gestionar una pandemia en el momento de mayor interconexión global— son solo algunos de los que podríamos calificar de este modo.

Peor aún, estos problemas suelen venir acompañados y suponer un “lío” (del inglés “mess”): un sistema de problemas retorcidos, cuya complejidad aumenta de manera no lineal al considerarse en conjunto.

Se trata de problemas opuestos a aquellos que podríamos calificar de manejables, más allá de su dificultad. Estos pueden definirse con precisión, entenderse completamente y resolverse mediante soluciones técnicas. Esto no los hace simples, problemas como poner a una persona en la Luna, desarrollar un medicamento para la diabetes o una vacuna para un nuevo virus no son menores, pero sin embargo pueden resolverse con suficiente tiempo y recursos. Sus soluciones funcionan, o no.

En cambio, las soluciones a los problemas retorcidos solo son mejores o peores, y compensar ventajas y desventajas es inevitable. Para empezar, para estos problemas generalmente no es posible la prueba y el error: no se puede probar dónde construir una autopista y ver qué pasa. Por el contrario, sus soluciones siempre requieren ajustes, y traen consigo otros problemas. Rara vez se trata de soluciones definitivas, y la polémica es inevitable.

Y, sin embargo, la inacción frente a estos problemas es inaceptable. Incluso cuando cualquier solución presenta riesgos e incertidumbre, no hacer nada también. Lo mejor que pueden hacer las personas a quienes ponemos a cargo es sopesar de la mejor manera las opciones y definir un curso de acción.

Ninguna controversia hay en lo anterior, sino en cuál es la mejor manera en que puede lidiarse con todo ello.

En apenas un puñado de generaciones la percepción pública sobre el cambio climático pasó de ser una preocupación para personas relativamente informadas en asuntos de cierta complejidad a una realidad tangible y cotidiana de una gran parte del mundo. Incluso ahora le llamamos, pertinentemente, crisis climática.

Lo que antes podía ser una leve preocupación por el agujero de la capa de ozono pasó a un concreto desasosiego ante la inminente posibilidad de que nuestra casa sea arrastrada por un temporal, levantada un huracán o devastada por un incendio forestal.

Esta preocupación, sin embargo, no se convierte trivialmente en acción, sino incluso en todo lo contrario: pensar en la crisis climática nos provoca insoportable ansiedad y saca a la superficie un debilitante conflicto interno respecto de qué debemos hacer al respecto — si es siquiera posible hacer algo.

Ya hace unos veinte años al indagar acerca de las conductas hacia el cuidado del medioambiente los hallazgos eran idénticos: las personas tendemos a racionalizar nuestra inacción, echar culpas, restarle importancia a nuestras acciones y recaer en el costo que podría tener abandonar la comodidad al cambiar nuestro estilo de vida.

Sabemos que estamos en apuros, pero preferiríamos no saber, evitarnos esa ansiedad, y toda esa culpa, imposible de soportar. Se trata de un retorcido problema, con todas las letras.

Ningún desarrollo tecnológico o científico es capaz de resolver uno de estos problemas por sí solo, pero combinado con una potente implementación quizá se tenga una chance.

La propia naturaleza de los problemas retorcidos exige un acercamiento no solo desde múltiples perspectivas y disciplinas, sino frecuentemente involucrando polímatas, personas capaces de adoptar distintos puntos de vista e incorporar recursos de varias disciplinas disímiles.

La responsabilidad de quienes diseñan políticas públicas pasa a ser, entonces, generar espacios de trabajo en conjunto cuyo propósito sea explorar el universo de soluciones posibles que cada uno de estos problemas supone. Esto es precisamente lo que la Unión Europea, y el Reino Unido, desde hace poco menos de una década han comenzado a implementar.

El principal obstáculo de estos esfuerzos, sin embargo, es uno de los más frecuentes. Se vuelve indispensable que la investigación abandone los escritorios y laboratorios para realizarse codo a codo con las industrias involucradas, las comunidades locales afectadas, y los gobernantes y legisladores pertinentes. Ninguna adopción científico-tecnológica es posible sin esto.

Curiosamente, la expresión misma “design thinking” o pensamiento de diseño surgió a modo de descripción de la forma en que piensan las personas que diseñan frente a problemas complejos, muchas veces retorcidos, pobremente definidos y entrelazados con múltiples soluciones, aunque en las últimas décadas se haya reducido a la idea de un sencillo proceso de diseño que puede enseñarse en un par de días.

Es quizá la importancia atribuida al prototipado de soluciones, y a la relación directa con quien se verá beneficiada por ellas, lo que convirtió al pensamiento de diseño en una herramienta fundamental para las políticas públicas.

Al generar espacios de trabajo interdisciplinarios, cuyos resultados y prototipos son apropiadamente comunicados, pero principalmente demostrados públicamente, se logra un acercamiento a la comunidad objeto de estas soluciones que no solo puede entrar en contacto gradual con propuestas que bien podrían cambiar drásticamente sus vidas, sino también expresar sus ansiedades y preocupaciones.

Los problemas retorcidos, aunque complejos, no son necesariamente irresolubles. Y suelen ser no solo importantes, sino quizá los más vitales de todos. El trabajo interdisciplinario, la colaboración y la demostración de posibles soluciones son la mejor apuesta para alguna vez resolverlos.

Y aunque no fuera posible, abordarlos representa nuestra mayor posibilidad de salvarnos.

Valentín Muro

Filósofo. Escribe «Cómo funcionan las cosas», un newsletter semanal que cruza ciencia, historia, filosofía y literatura desde la exploración de la curiosidad, y conduce el podcast «Idea Millonaria». Además trabaja como consultor en estrategia, tecnología y comunicación desde bestia.media y escribe acerca de tecnología, política y filosofía en el... Ver más

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