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El futuro me enloquece: por qué nos cuesta tanto pensar en lo que va a pasar

Cerramos los ojos. Pensamos en cómo fue nuestro día hasta ese momento. Nos levantamos, desayunamos, perdimos algo de tiempo en el teléfono, y luego salimos para el laboratorio, donde nos acostaron en un resonador magnético, una máquina que muestra cómo se activan las distintas partes del cerebro.

Los científicos luego de un momento nos piden que pensemos acerca de alguien que no conocemos. Quizá Matt Damon o Natalie Portman, por ejemplo. Y luego de algunas preguntas, nos piden que pensemos en nuestro futuro. Y ahí es cuando algo muy peculiar sucede.

Nuestros yoes futuros nos son extraños. Esta no es una bella expresión literaria: es un hecho neurológico. Desde hace más de una década más de una centena de estudios lo han corroborado. Al pensar en nosotros, se activa una región del cerebro llamada corteza prefrontal medial, y cuando pensamos en otras personas se va apagando.

En otras palabras, cuando pensamos en el futuro dejamos de identificarnos con esa persona futura y en cambio pensamos en términos de una persona completamente distinta. “Cuando estamos enamorados somos incapaces de proceder como dignos predecesores del ser futuro en que nos convertiremos, que ya no estará enamorado”, escribe Proust.

En Reasons and Persons (1984) de Derek Parfit, una obra clásica de la filosofía de la identidad, se argumenta que la misma en el sentido en que solemos concebirla no existe: no poseemos una identidad consistente a lo largo del tiempo sino que formamos una larga cadena de “yoes” vinculados entre sí, pero distintos.

“El adolescente que comienza a fumar”, escribe Parfit, “no se identifica con su futuro yo. Su actitud en torno a su futuro yo es, en ciertas maneras, análoga a su actitud frente a otras personas”.

“Nunca duermo lo suficiente”, dice Jerry Seinfeld en una de sus rutinas. “Me quedo hasta tarde porque yo soy «el de la noche». Ir al trabajo sin haber dormido va a ser un problema para «el de la mañana». Entonces después te levantás cansado y le echás la culpa a «el de la noche», pero no podés hacer nada porque ese otro es el que controla cuándo te acostás. Lo único que «el de la mañana» puede hacer es dormir hasta tarde para que lo echen del trabajo y «el de la noche» se quede sin dinero para salir hasta tarde”.

Pero las consecuencias de esta disociación al interior de nuestra identidad futura no solo repercuten en nuestro sueño cuando la noche anterior no medimos las consecuencias.

Renegamos de la preparación para el futuro —postergando la adopción de una mejor dieta, agotando ahorros o incluso desestimando las medidas urgentes que debemos adoptar para contener y revertir la crisis climática. “El futuro es una idea que tenemos que conjurar en nuestra mente, no algo que percibimos con nuestros sentidos. Lo que queremos hoy, por el contrario, a menudo lo sentimos en nuestras entrañas como un deseo”, escribe Bina Venkataraman en The Optimist’s Telescope (2019).

Las ramificaciones de este fenómeno son, esperablemente, la inspiración de las pesadillas de quienes se preocupan por el futuro.

Nuestra dificultad para pensarnos en el futuro entorpece no solo la adopción de comportamientos que nos beneficiarían personalmente sino también como sociedad. De acuerdo a la vasta investigación al respecto, cuanto más tratamos a nuestro yo futuro como un extraño, menos autocontrol es probable que exhibamos y más improbable se vuelve la toma de decisiones pro-sociales, exactamente el tipo de elecciones que podrían ayudar al mundo a largo plazo.

Pasarle la pelota a la persona que seremos mañana nos vuelve menos capaces de resistir tentaciones y nos hace procrastinar más, ejercitarnos menos, ahorrar menos dinero, rendirnos más fácilmente ante la frustración o el dolor—y mucho menos probable, que podamos ocuparnos de desafíos a mediano o largo plazo como la crisis climática.

El azote de una pandemia que nadie realmente tenía en sus planes, sin ir más lejos, no hizo sino dinamitar cualquier vestigio que pudiéramos tener de nuestro yo futuro. Ante la pregunta odiosamente frecuente de “¿Dónde te ves en los próximos cinco años?” lo más probable es que solo podamos atinar a responder “En cualquier lado menos encerrado por seis meses en mi hogar”.

Y, sin embargo, son las situaciones extremas las que generalmente tienen la capacidad de sacudirnos lo suficiente como para cambiar nuestra perspectiva no solo sobre nuestro presente, sino precisamente sobre los momentos inmediatamente posteriores.

Un encontronazo con la muerte, propia o de alguien que nos importa, generalmente se vincula con un renovado interés por llevar una vida significativa e incluso por dejar una marca positiva en el planeta que por un brevísimo momento habitamos.

Este forzado despertar, desafortunadamente, no suele durar para siempre. La persona que luego de un ataque cardíaco empieza a comer mejor y ejercitarse, muy probablemente luego de que la amenaza va quedando en el olvido volverá a sus hábitos anteriores.

Quizá esta crisis del futuro, este brutal choque frontal con lo inesperado, sea una buena oportunidad para caer en la cuenta de que fueron nuestras elecciones colectivas las que nos trajeron a este momento y que incluso si nos cuesta pensar en ello, no hay futuro que esté lo suficientemente lejos.

Es cuando nos dedicamos a la tarea concreta de unir los puntos entre un presente que parece extenderse eternamente y un futuro que parece que nunca llegará que podemos lograr la proeza cognitiva de vernos en él.

Quizá así nuestro yo futuro pueda dejar de ser un extraño al que le dejamos desinteresadamente nuestros pendientes y pase a ser nuestro único aliado para que algún día podamos conocerlo.

Valentín Muro

Filósofo. Escribe «Cómo funcionan las cosas», un newsletter semanal que cruza ciencia, historia, filosofía y literatura desde la exploración de la curiosidad, y conduce el podcast «Idea Millonaria». Además trabaja como consultor en estrategia, tecnología y comunicación desde bestia.media y escribe acerca de tecnología, política y filosofía en el... Ver más

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